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CANTA COSAS DE NIÑOS

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DORMITE MI NIÑO

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Artículos Lazos. Sección Pipiolos (El Universal)

Este es el extracto de la entrada.

CUENTOS DE PIPIOLOS

Rosario Anzola

El anecdotario infantil está lleno de sorpresas y sabiduría.  Padres, abuelos, tíos y maestros son receptáculos de maravillosas historias vividas con sus hijos, sobrinos, nietos y alumnos, que ahora queremos compartir con los lectores de Lazos.

Cada una de esas historias encierra una enorme enseñanza para los adultos, trátese de salidas divertidas, respuestas ocurrentes y, en ocasiones, reflexiones muy cercanas a la más profunda filosofía.

La evolución psicosocial del niño da cuenta de sus aprendizajes y adaptaciones, así como el ser humano fue evolucionando a lo largo del tiempo. La mentalidad del niño y del hombre primitivo tienen similitudes en cuanto su percepción animista y mágica de cuanto lo rodea.  Por ejemplo:  la luna, que representa un misterio semejante para ambos casos.

Benito (3 años), caminando por un patio, frente a una luna llena:  La luna me molesta, me sigue y me persigue por donde yo voy.

Mito africano:  La luna nos vigila y sigue nuestros pasos.

Tanto el niño como  el hombre primitivo encuentran respuestas a los enigmas de la naturaleza en franca relación con la poesía, pues se manejan a través de comparaciones que enlazan metáforas y símbolos con una espontaneidad excepcional.

Marcel (7 años):  La luna es la novia del sol, pero se le esconde durante el día.

Mito africano: La luna se roba nuestros secretos si la miramos por mucho rato. Se los cuenta al sol quien nos castiga alejando la lluvia.

Como el niño asimila al mundo sobre la base de comparaciones, resulta un verdadero experto en metáforas, así expresa un pequeño que es para él la luna:

A veces la luna es una tajada chiquita de melón, otras veces la luna es una tajada grande de melón y a veces, la luna es un melón.

Los invitamos a enviarnos sus anécdotas a cuentosdepipiolos@gmail.com.  Las compartiremos y comentaremos para disfrute aprendizaje de todos.

 

 

A PROPÓSITO DEL EMPRENDIMIENTO

Alejandro tenía escasos cinco años y solía pasar algunos fines de semana en casa de sus padrinos, quienes vivían en un pueblo del interior donde el pipiolo disfrutaba de una casa con corredores, jardines, patios y mascotas, que no era posible tener en el apartamento donde vivía.

Una de las cosas que más le entusiasmaba era regar el jardín y el patio de frutales. Hacía charquitos, se mojaba y terminaba bañándose al aire libre. Pero un día el padrino le dijo: No podemos regar porque no está llegando el agua, las matas están secándose y eso me pone muy triste.

Los padres buscaron a Alejandro ese domingo en la tarde. A la medianoche se desató una gran tormenta en la ciudad. Entonces el niño se apareció en el cuarto de sus padres llorando sin poder hablar. Ambos creyeron que era miedo por los truenos y relámpagos e intentaron calmarlo.  Lo único que atinaba a gritar era: ¡Se van a ahogar. Se van a ahogar! La mamá pensó que se trataba de una pesadilla y le explicó  que todo había sido un mal sueño; sin embargo el papá insistió en que les contara quiénes se iban a ahogar. El pequeño respondió:  Mis padrinosY por qué? Le replicó el papá.  A lo que el niño respondió angustiadísimo: Por el experimento.

El pequeño les contó que había hecho un experimento en el patio,  para que lloviera.  Hizo un montículo con piedras, plumas, ramitas secas y flores,  donde colocó un dibujo con nubes. El asunto,  grave para él, era que si no se desmontaba el experimento seguiría lloviendo y el agua arrasaría con el patio, la casa y sus habitantes. A esa hora llamaron al padrino por teléfono y Alejandro le explicó qué tenía que hacer para que dejara de llover.

La anécdota nos revela a un niño imaginativo y sensible, capaz de explorar acciones para solucionar problemas. Hoy, ya adulto, es un gran emprendedor.

Permitamos entonces que los niños inventen y jueguen.

 

 

UN MUNDO CON ACCESO PARA TODOS

En una de las entregas de sillas de FUNDAPROCURA me acerqué a Carolina,  una niña vivaracha que  sonreía desde una mini silla que parecía de juguete.  Le pregunté en qué grado estaba y me respondió:  No voy a la escuela porque no me aceptaron.  La mamá me miró con ojos tristes y me lo confirmó: En la escuela dicen que la niña es un problema porque no tienen como atenderla. Este caso se repite una y otra vez. Los argumentos varían desde la aprensión de no saber cómo tratar a la persona con discapacidad hasta la existencia de barreras arquitectónicas en el plantel, por ejemplo la ausencia de rampas, las aulas en un segundo o tercer piso (sin ascensores) y la falta de adaptaciones en los baños.

Una vez más comprobé, con enorme frustración,  el enorme problema que enfrentan las personas con capacidades limitadas para acceder a la vida normal que -con derecho- tenemos todos los ciudadanos: desde poder andar por las calles, pasear por los parques, asistir a eventos recreacionales y hasta utilizar un baño.

Hace un tiempo escribí un folleto con el mismo título que este artículo, ilustrado magistralmente por Rosana Faría y divulgado desde FUNDAPROCURA. El texto está dirigido a los niños con la idea de ser trabajado en clase bajo la orientación del docente.  Allí aparecen relatos de personas con discapacidades auditivas, motoras, visuales y cognitivas que han logrado sus metas con apoyos y tesón. También se exponen las barreras urbanas y arquitectónicas que impiden los libres accesos; incluso se proponen una serie de ejercicios para que los niños experimenten cómo sería su desempeño en el aula y la escuela con los ojos vendados, los oídos tapados, una pierna inmovilizada y en una silla de ruedas. Al final los niños establecen sus conclusiones sorprendentemente sabias acerca de la necesidad de eliminar las barreras y  de comprender solidariamente y sin lástima el mundo de las personas con discapacidades. Lo más resaltante es que cuando solicitamos el informe a los docentes, ellos resultan los más conmovidos ante la experiencia.

Si todos nos abocamos a la campaña por un mundo con acceso para todos, niños, niñas, jóvenes, adultos y abuelos, con capacidades limitadas, tendrán una vida más plena y más digna.

EL ENTIERRO DEL PAJARITO

Fui de paseo al parque con un grupo de niños que no rebasaban los seis años.  Recorrían las caminerías entre carreras y risas cuando, de repente, uno de ellos comenzó a gritar:

-¡Un pajarito muerto! ¡Un pajarito muerto!

Todos se dirigieron hacia su compañerito para observar entre asombro y murmullos al pajarito gris que yacía debajo de un arbusto.  Me ubiqué cerca para ver sus reacciones y… la más asombrada fui yo.

Daniel tomó la cajita donde había llevado su merienda y cuidadosamente colocó al pajarito. Cada uno fue echando dentro de la cajita algún objeto: piedritas, un caramelo, un pedazo de galleta, unas hojitas y una de las niñas se quitó un ganchito de pelo y lo colocó como ofrenda. Cerraron la cajita e iniciaron un desfile por el parque hasta encontrar un lugar para dejar el pajarito.  Mariana, de unos cinco años, dejó caer su opinión:

-Mejor lo enterramos porque si no se lo va a comer un gato.

Entonces, el revoltoso Francisco señaló un jardincito con flores recién sembradas.

-¡Vamos a enterrarlo allá!

Abrieron un hueco entre las matas de siemprevivas y cubrieron la cajita con tierra. La ceremonia continuó. ¡Todos y cada uno fue colocando florecitas sobre el túmulo y comenzaron a cantar el himno nacional!!!

Me acerqué al lugar del rito para que me contaran lo que había pasado. Hice las preguntas de rigor e indagué sutilmente si alguno de ellos había ido a un entierro, cosa que ponía en duda debido a las edades de los infantes. Marie, la más chiquita de todos, me dio su parecer:

-Los moridos son dormidos.

Daniel le refutó:

-¡No, se van para el cielo! Por eso no los vemos nunca más.

¿Reaccionaron atávicamente? ¿Acaso como los hombres primitivos? Aunque no lo parezca,  la sabiduría de los niños los acerca con mayor naturalidad a la realidad de la muerte como una parte de la vida.

 

 

El trato entre los padres condiciona la atmósfera del hogar

Mariela era una niña de ocho años que asistía a los Talleres de Autoconocimiento y Creatividad por recomendación de su maestra,  quien la remitió para que las actividades extraescolares de juegos y recreación, le ayudaran a superar su timidez.  Su mamá definió a Mariela, en la ficha de inscripción, como una niña muy callada y retraída.

Efectivamente en un grupo de apenas quince niños, se nos hacía complicado lograr su participación activa.  Sin embargo, respetando su temperamento, nos propusimos descubrir, con ella, sus potencialidades. En la primera sesión trabajamos “¿Quién soy y cómo soy?”.  Allí los niños, frente a un espejo, se describían frente al grupo y respondían a las preguntas de sus compañeros. ¿Cuántos años tienes? ¿Dónde estudias? ¿Cómo es tu familia? ¿Qué te gusta hacer? Y cosas por el estilo.

Mariela se desenvolvió bien, pero hablaba en un tono muy bajito. Un rato más tarde solicitamos a los participantes que pintaran un autorretrato. El dibujo de la niña era sorprendente, en primer lugar por lo bien pintado y en segundo lugar porque ella parecía volar.

En la segunda sesión trabajamos la familia. Un niño le indicó a Mariela que hablara más fuerte porque no se le entendía. Fue imposible. Otra de las niñas le insistió, entonces ella dijo:  Es que no me gusta gritar. El dibujo de la familia de Mariela fue precioso, pero todos estaban en el aire. Nadie pisaba tierra.

La psicóloga que trabajaba conmigo indagó un poco más y Mariela le confió que su mamá y su papá se gritaban muchísimo y eso la asustaba. Se habló con ellos para orientar el caso.  Por fortuna fueron muy receptivos y se hizo un trabajo conjunto para mejorar la atmósfera de trato y comunicación en casa.

Progresivamente Mariela comenzó a “aterrizar” los personajes en sus dibujos. Su tono de voz se hizo audible. Comenzó a socializar espontáneamente. Su destreza para pintar, reconocida por sus compañeros, fortaleció su autoestima.

Había encontrado asideros para su seguridad.  Y en casa ya no se gritaba.

 

 

 

LEER EN VACACIONES 

Escucho con pesar preocupados comentarios acerca de qué hacer con los niños en vacaciones. Antes existía el recurso de los campamentos y jornadas vacacionales pero ahora, entre las carestías y el presupuesto familiar devaluado, solo queda mantener a los pipiolos en sus casas, cuando mucho enviarlos de visita donde familiares o abuelos. ¡Compadezco a las mamás que tienen que ir a trabajar sin saber cómo entretener a sus pipiolos vacacionistas!

Una buena recomendación es buscarles libros y motivarlos a leer.  Eso sí: cumpliendo unas premisas básicas.  Mi recomendación primaria: el adulto que facilite el libro tiene que leerlo previamente (así sea hojearlo) a fin de saber qué  le está  entregando al pequeño, este paso tiene dos caras, por una parte el redescubrir la infancia para los adultos que lo leen y además proteger al niño de lecturas perturbadoras, no adecuadas a su edad o fuera del alcance de los esquemas de valores de la familia.

Otra cosa es que el fin principal sea el disfrute, jamás debe sentirse como una tarea semejante a la escolar.  Hay que plantear la aventura lectora como una oportunidad para jugar, el libro ha de ser un juguete que divierte. Luego, debe responder a la edad del niño,  a sus intereses y a su capacidad lectora. Y quizá lo más importante: hacer del libro y su lectura momentos para compartir en familia, sea leyendo o comentándolo juntos.

Los libros para niños han elevado mucho sus precios, pero hoy existen alternativas de compra de libros usados.  También podemos recurrir a los libros prestados.  Es más, una idea que entusiasma es armar un Club de Lectores con sus primos, amigos o vecinos.  Cada niño aporta 2 o 3 libros que ya ha leído, así se hace el banco de libros; en la reunión de intercambio (real o virtual) cada uno expone lo que ha leído,  lo recomienda y escoge el libro que quiere leer.

¡Felices lecturas!

 

 

LOS REGALOS DE NAVIDAD

Daniel era hijo único y por tanto muy consentido por sus padres y abuelos. Como había aprendido a escribir, hizo su primera carta de lo que quería para navidad y anotó: unos patines, una bicicleta, tres carritos, dos pelotas, unos legos, una mascota y pare de contar.

Se la leyó a sus papás y estos le hicieron saber que era imposible complacerlo en todo lo que pedía. Muy contrariado comenzó a llorar,  pero finalmente prometió tachar algunas cosas. Pasaron varios días y lejos de disminuir, la lista seguía creciendo. Vuelta otra vez al discurso de que tenía que eliminar peticiones y vuelta a llorar.

Una madrugada despertó a sus padres para decirles que por fin sabía qué iba a pedir: Un solo regalo. ¡No lo podían creer! Lo felicitaron, muy satisfechos y complacidos. ¿Y qué vas a pedir? Preguntó la mamá. Una tarjeta de crédito -respondió de inmediato-   ¡Con eso puedo comprar todo lo que quiero!

Con risas por la ocurrencia, abundaron en el discurso y las explicaciones. Hasta que le plantearon que jugaran a cambiar la lista de los regalos por cosas que no se compraban, pero que daban mucha alegría.  Entre los tres hicieron una nueva lista: papá pidió que se turnaran para sacar el perrito; mamá pidió que los domingos le prepararan el desayuno para ella poder dormir una hora más; Daniel pidió que durante la navidad le prepararan todos los días panquecas. Y así y así y así. Disfrutaron tanto con los regalos intangibles y simbólicos que lograron anotar regalos para los tíos, los abuelos y algunos amigos.

Daniel comprendió así que el regalo es una demostración de de afecto que significa dar de uno mismo por encima de lo material, alejándose del afán consumista con el que muy a menudo se confunde.

¡A regalar pues un poco de nosotros mismos a quienes queremos y apreciamos!

 

 

LOS ZAPATICOS ME APRIETAN

Alicita tenía tres años y le mandaron a usar botas ortopédicas para corregir un problema de sus pies. Acostumbrada a cómodos, coloridos y hermosos zapaticos, el rechazo a las botas fue inmediato. Los días se iniciaban con una pelea matutina entre la madre y la niña, la primera por calzarle las botas y la otra por patalear y elevar su grito de guerra: “¡Botas no! ¡Botas no! ¡Botas no!”

A Alicita le coincidieron dos eventos, el estreno de las botas ortopédicas y una precoz escolaridad. La madre hasta llegó a pensar que el rechazo a las botas podía tener algo que ver con la novedad de pasar las mañanas en un sitio extraño a su hogar.

En el pool del transporte un primito mayor dio una noticia: “Alicita anda descalza por todas partes.” De esta manera se supo que,  al llegar al Cole, Alicita se desprendía de lo que consideraba una horrenda tortura.  Entonces la madre habló con la maestra:

-Te agradezco encarecidamente que no dejes que Alicia se quite las botas, si no nunca se le van a arreglar los pies.

La maestra, con la dulzura propia de las docentes de preescolar, le contestó:

-Es que llora y llora y llora. Y me da mucha lástima. Yo he intentado ponérselas cuando se las quita, pero bañada en lágrimas me dice: “¡Botas no! ¡Botas no! ¡Botas no!”.  Hice un trato con ella y es que se las pongo un ratico y al día siguiente un ratico más largo y al otro día un ratico más.  Pero si usted lo dice, le explicaré que se acabaron los raticos para que sus pies se acomoden más rápido y así no tendrá que usar más botas.

Todo parecía funcionar hasta que un mediodía la maestra salió a hablar con la mamá de Alicita:

-Hoy fue un día terrible, hasta me dolió la cabeza.  La niña, desde que llegó, no ha dejado de llorar, pidiéndome que le quite las botas porque le duelen los pies.  Aquí está, hinchada de llorar.

La madre la sermoneó durante todo el trayecto, pero la niña no dejaba de gemir. Cuando llegaron a casa y le quitó las botas ¡Oh, sorpresa! Tenían en sus punteras unas mediecitas apurruñadas y los deditos enrojecidos del apretujamiento padecido.

La mamá se sintió muy, pero muy mal y abrazándola le pidió perdón. Todo terminó con algunos besos y tres aprendizajes: revisar las botas antes de ponerlas, admitir que todos nos equivocamos y saber pedir perdón.

 

NIÑOS DE MAL COMER

Viví de pequeña el síndrome del mal comer. Me daban unas infecciones de garganta y unas otitis terribles, hasta que, a los ocho años,  decidieron operarme de las amígdalas.

Mi abuela vino a visitarme luego de la intervención y me preguntó qué quería comer.  Le dije: arepa con aguacate y suero.  Me trajo unas migas que me devoré y le dije: Ya no me duele la garganta cuando tragoClaro -ripostó- es que te sacaron las amígdalas. Para su asombro, le recalqué: Es que siempre me ha dolido, pero ya no. Probablemente, parte de mi inapetencia estaba causada por las reiteradas infecciones de garganta y así me acostumbré a comer muy poco.

Tengo una hermana que es como mi hija. Me correspondió prácticamente criarla y era también de muy mal comer.  Lo único que le apetecía para desayunar, almorzar y cenar era: tajadas con queso. Yo intentaba hacer que comiera otras cosas y al final terminaba por darle las tajadas con queso. A los pocos años tuve a mis dos hijos, que resultaron peores. La mayor era el colmo de la inapetencia pues la comida no existía para ella, le interesaba soñar y jugar.  El pequeño simplemente no aceptaba sino sopas y atoles, la comida sólida no la tragaba.  Soñaba y jugaba. Total: me sentí fracasada a la hora de enseñar a los niños a comer bien, a pesar de que les inventaba juegos y premios a la hora de las comidas.

Luego de muchos años, experiencias y lecturas he llegado a concluir que, descartando causas orgánicas, la inapetencia tiene que ver con la manera como los padres manejamos el asunto. En mi caso, lo manejé inapropiadamente, otorgándoles una importancia equivocada con las rogativas y adulaciones. Ellos, consciente o inconscientemente, resultaban los vencedores al acaparar toda la atención.

Ya en la adolescencia “aprendieron a comer”. Total, yo había cambiado la actitud.

 

 

SÍ HAY QUE EXPLICARLES

A mi gran maestro, el poeta Jesús Rosas Marcano, le preguntaron delante de mí: Profe, ¿Cómo sé cual libro y cuál tema darle a leer a mi niño? Una pregunta muy recurrente cuando de literatura infantil se trata. Rosas Marcano le respondió: Eso es como el chocolate. Si el niño es pequeño pues usted le da un pedacito pequeño de chocolate. Si el niño es más grande, pues le da un pedazo de mayor tamaño. Y si el niño ya creció, pues le da la barra completa. Pero nunca le niegue la oportunidad de comer chocolate.

Esto vale para las circunstancias que debe enfrentar un niño en relación a su entorno. Sobre todo si se trata de temas perturbadores como la enfermedad, la muerte, las separaciones, la escasez de alimentos y medicinas,  o las circunstancias que se viven en el país, agudizadas en estos últimos meses.

Así como no le podemos negar que saboreen el chocolate, tampoco  le podemos negar la oportunidad de conversar acerca de lo que sucede a su alrededor. Si se le esconde o si se le banaliza lo que pasa, los enseñamos a enterrar la cabeza como el avestruz o los estamos entrenando para hacer del disimulo la regla de interrelación con sus semejantes.

Los pequeños tienen una intuición y una percepción extraordinaria.  Son capaces de presentir cuándo va a llover, cuando los puede atacar un animal, quién les puede hacer daño y, por supuesto, son capaces de sentir cuando hay tensión en el hogar, en la escuela o en la calle.

Hoy mucho más,  cuando la rutina se les ha alterado porque no pueden ir a clases, porque escuchan la preocupación de los adultos y porque, en algunas ocasiones, son testigos y víctimas de bombas lacrimógenas, gritos, lamentos y encierros obligados.

Todo a su tiempo y todo en la medida de la edad. Hablemos con ellos desde la sabiduría del amor con el lenguaje del corazón. Y abracémoslos. Es el mejor entendimiento para hacerles saber que el afecto los protege de todo mal. Amén.

UN CARACOL GIGANTE

Cuando éramos niños fuimos de vacaciones a la playa.  Entre la excitación, el alboroto y las cavas, nos montaron en unas lanchas para ir a una de las islas de Morrocoy.  Papá dio las instrucciones:  “Nadie puede andar solo por la playa, nadie se quita la franela para que en la noche no anden llorando con la insolación, el que pelea no va a tener permiso para meterse al mar…” Así continuó su perorata en medio del fragor de los gritos emocionados.

Recuerdo que los varones comenzaron a corretear y a empujarse mientras las niñas nos dedicamos a recoger caracolitos y conchas marinas.  De repente, una de mis hermanas comenzó a gritar:

-¡Un caracol gigante!  ¡Un caracol gigante!

Todos corrimos hacia ella. ¿Dónde? ¿Dónde?

-Ahí, ahí –señalaba con el dedo hacia un bulto a orilla de la playa.

Por más de que mirábamos no veíamos nada, pero no nos acercábamos pues nos daba terror.  El más audaz se dirigió hacia el monstruo con un palo en la mano.  Caminó hacia un mogote hasta que apareció muerto de risa para informarnos que el caracol gigante era una inmensa bolsa vacía de comida de perros que alguien había tirado y que se había vuelto una pelota.  La burla fue general, mi hermana rompió a llorar y nos fue a acusar.

Papá regresó con ella de la mano, acompañado de un médico amigo que andaba con nosotros. Luego de darnos el merecido regaño, llevados por la curiosidad fueron a ver el objeto de incidente. Mi hermana explicaba y juraba que ella había visto el bojote como un caracol. El médico le dijo a papá:

-Tienes que llevar a esa niña al oculista.  Para mí que tiene una enorme miopía.

Tenía razón.  La pipiola de seis años recién comenzaba a leer con grandes dificultades.  La maestra la tildaba de floja y de llorona. El oculista dictaminó una severa miopía. Desde entonces usó lentes, mejoró su carácter irritable y por fin asumió la lectura como algo placentero.

En este inicio de clases es conveniente descartar problemas de visión en los pipiolos. Les ahorramos así muchas contrariedades.